lunes, 25 de abril de 2016

Unidad 1, Tema 3



1.3. La búsqueda de la razón. Los caminos de acceso a Dios: desde el mundo:
Las “cinco vías” de Santo Tomás, en parábolas.

Primera vía: por el movimiento: La parábola de “El tren”.

            En un tren en movimiento: ¿qué hace el penúltimo vagón con el último vagón? Pues le transmite el movimiento que él, a su vez, ha recibido del antepenúltimo, y éste del anterior... Cada vagón transmite al siguiente el movimiento que ha recibido del vagón anterior.
            La suma de vagones no genera movimiento. El movimiento procede de la locomotora, que está al principio del tren y es muy distinta a los vagones. La locomotora genera movimiento y lo transmite a los demás, sin haber recibido su movimiento de otro.
            Y no es necesario ver la locomotora para saber que está ahí. Pues, supongamos que llegamos a unas vías cuando ya está pasando un largo tren carguero. El tren tiene cuarenta vagones, y nosotros llegamos cuando ya estaba pasando el vigésimo vagón. No hemos visto la locomotora, pero sabemos que está ahí delante porque el tren se mueve.

Explicación de la parábola.

            La primera vía que expone Santo Tomás para mostrar que Dios existe, es la vía del movimiento. Ciertamente, Santo Tomás habla de la realidad del movimiento en un sentido más rico que el mero movimiento local, que yo uso en la parábola. Pero, igualmente, la sencillez de la parábola sirve para ilustrar su doctrina.[1]
            Cada ser que nosotros vemos que se mueve, es como un vagón del tren. Pues cada ser que vemos ha recibido su movimiento de otro ser. Y, a su vez, este otro ser, lo ha recibido de otro...  y así sucesivamente.
            Una cadena ilimitada de seres transmisores no genera el movimiento, del mismo modo que una hilera innumerable de vagones no se mueve por sí misma. Hace falta la locomotora. Pues bien, Dios es algo así como “La Locomotora Universal” Quien, sin recibir nada de ningún ser anterior, genera el movimiento de todos los demás seres. [2]
            Y modo semejante a como la locomotora está al principio de la serie y es muy distinta a los vagones, así Dios es anterior y distinto a los seres que mueve.
            Finalmente, así como no necesitamos ver directamente la locomotora para saber que está allí, pues nos basta con ver que los vagones están trasmitiendo movimiento; de modo semejante, tampoco es necesario ver directamente a Dios para saber que está al principio de todo el movimiento: nos basta con ver que hay seres que se mueven unos a otros, y que ninguno de ellos es generador de movimiento, sino que solamente son meros transmisores.


 Segunda vía: por la causalidad eficiente: La parábola de “El huevo o la gallina”
           
 Explicación de la parábola.

            La argumentación de la “segunda vía” tiene la misma estructura que la de la “primera vía”, pero cala más hondo. Pues en la “primera vía” se considera el fenómeno del movimiento, mientras que en la “segunda vía” se llega a las causas del ser.
            Por eso uso el ejemplo del huevo y la gallina, pues en este ejemplo se apunta a la causa del ser: ¿la gallina causa el huevo, o el huevo causa la gallina?
Pero este dilema no tiene solución porque está mal planteado, pues contiene un verbo implícito. Al explicitarlo descubrimos la deficiencia del planteo, pues se trata del verbo “crear”. El dilema diría entonces: “¿la gallina crea el huevo, o el huevo crea la gallina?” Pero es obvio que los seres vivos no creamos la vida: sólo la transmitimos.
Y con esto volvemos al ejemplo del tren, pero de un modo más contundente. Pues ahora no se trata solamente de transmisión del movimiento, sino de transmisión de la vida y del ser.
Y, del mismo modo que en el razonamiento anterior la cadena de transmisores del movimiento no explicaba el movimiento, sino que era necesario reconocer la existencia de “La Locomotora Universal”; así también ahora, la cadena de transmisores de la vida y del ser, no explica la vida y el ser, sino que tenemos que reconocer “La Causa Eficiente Universal”: Alguien que es “La Vida” y “El Ser” y que causa la vida y la existencia de los demás seres, sin haber recibido nada. Y este Ser es Dios.


Tercera vía: el ser contingente y el ser necesario: La parábola de “El primer minuto de la creación”.
                       
            Supongamos que estamos en el primer minuto de la creación, y estamos viendo desplegarse la grandeza del universo, con todo su esplendor y majestuosidad.
            Y podemos preguntarnos: ¿qué había sesenta y dos segundos antes? Si no había absolutamente nada, ahora tampoco habría nada, pues “de la nada, nada sale”.
            Es obvio entonces que había Algo, y que este Algo dio origen a todo lo demás.

Explicación de la parábola.

            Todos los seres que observamos son seres contingentes, es decir, seres que existen pero podrían no existir. Incluso nosotros mismos podríamos no existir. Todos nosotros somos seres sin fundamento propio.
            Y si todo lo que vemos es contingente, entonces todo esto que vemos alguna vez no existió.
Y como “de la nada, no sale nada”, es necesario que haya Algo con fundamento propio, que haya dado origen a todo esto que vemos.
            De este modo descubrimos que hay un Ser que es “La Existencia Misma” y que, por eso, tiene en sí mismo su propio fundamento. Y por eso se lo llama “El Ser Necesario” es decir, que existe y no puede no existir.
Este “Ser Necesario” es, también, “El Fundamento Universal” de todos los demás seres.   
Y este Ser es Dios.
           

Cuarta vía: los grados de perfección en los seres: La parábola de “El agua caliente”.

            El agua puede estar más caliente, o menos caliente. Pero no puede estar más húmeda o menos húmeda.
            Esto es así, porque “ser húmeda” es la esencia misma del agua; mientras que el calor no le es algo propio, sino algo recibido de otro –en este caso– del fuego.
            Por eso, el agua siempre tiene el 100 % de humedad, pero puede tener muy diversos grados de temperatura.

Explicación de la parábola.

            En esta “cuarta vía” se utiliza el principio que está implicado en el ejemplo anterior: lo que un ser tiene en un cierto grado, lo tiene recibido de otro.
            Y sucede que todos los seres que vemos –incluidos nosotros mismos– tenemos todas nuestras cualidades en un cierto grado, y no en plenitud. Por tanto, las tenemos recibidas de Otro que las tiene en plenitud o, mejor dicho, es “La Plenitud”: es “El Ser” que nos da la existencia; es “La Verdad” que nos da nuestra esencia; es “El Amor” que nos hace valiosos y amables...
            Por eso decimos que Dios es la plenitud infinita y simultánea de todas las cualidades, de las que participamos sus creaturas.
           

Quinta vía: el orden del mundo: Las parábolas  de “El crucigrama”y  de “El programador”.

            1. Si yo salgo de mi casa dejando sin resolver el crucigrama que trae el diario y, cuando regreso, el crucigrama está resuelto, es porque alguien lo resolvió.
            Incluso puedo deducir quién pudo hacerlo. El perro no fue. Mi hijo Tomás tampoco, pues tiene sólo un año y algunos meses. Así que debió ser mi esposa quien resolvió el crucigrama.

            2. Las abejas construyen sus panales con celdas hexagonales. Y los especialistas en ingeniería nos explican que esa estructura es la más sólida, económica y provechosa. Pero esto es todo lo que saben hacer al respecto; y siempre lo hacen igual.
            Todo lo cual nos manifiesta que actúan así, no por creatividad o inventiva propia, sino porque están “programadas” para actuar de esa manera. Y donde hay un programa, hay un programador...
            Lo mismo podemos decir de las acciones de otros animales. Las aves migratorias no realizan un debate sobre “dónde ir a veranear este año”: simplemente, en un momento dado, se elevan y migran hacia el lugar de siempre.
Y podríamos multiplicar los ejemplos: las arañas no realizan exposiciones con sus nuevos tejidos, ni los diversos pájaros con sus nuevos estilos para la construcción de sus nidos... Todos estos seres que realizan cosas inteligentes no manifiestan tener creatividad propia, sino que actúan como si estuvieran programados para actuar así. Y, decimos nuevamente: donde hay un programa, hay un programador.
Y ¿quién puede influir tan profundo en la intimidad de todos estos seres para programarlos así?

Explicación de las parábolas.

            Las dos parábolas precedentes ponen en evidencia que: “donde hay orden, hay un ordenador”.
            El ejemplo del crucigrama manifiesta, además, otro principio: “cuanto más delicado, profundo y extenso es el orden, más inteligente y eficaz es el ordenador”. Para resolver un crucigrama hay ciertos requisitos mínimos de inteligencia y capacidad. Del mismo modo, un niño pequeño puede apilar sus cubos, pero no puede edificar una catedral: para esto necesito un buen arquitecto.
            En el ejemplo de las abejas y los otros animales se pone en evidencia que hay seres sin creatividad propia que hacen, sistemáticamente, cosas creativas e inteligentes. Y hacen siempre las mismas cosas y sólo ésas. Lo cual manifiesta que están –usando el lenguaje de las computadoras– algo así como “programados” para ejecutar esas acciones. Y, como decíamos en el ejemplo, “donde hay un programa, hay un programador”.
            La grandeza de ese programador puede vislumbrarse si uno considera que es quien puso el instinto en los animales, dio la estructura y el dinamismo a los átomos, impulsa el desarrollo de la vida y compone la armonía del universo.
Si un simple crucigrama bien resuelto lo atribuimos a una inteligencia superior ¿no es excesivo atribuir el asombroso equilibrio dinámico de un átomo a la pura casualidad? ¿No es poco razonable adjudicar la maravillosa armonía de un organismo viviente al puro azar? Parece más razonable suponer que hay un gran “Programador Universal” que genera la armonía de cada ser, y la concordia del conjunto de los seres.
            Si contemplamos con imparcialidad la sabiduría y la grandeza que manifiesta la creación, y reflexionamos con profundidad sobre todo esto, descubriremos que hay –como causa de todo ello– una Sabiduría Bondadosa y Omnipotente a la que muchos llamamos Dios.


   Las pruebas sobre la existencia de Dios han “conducido hoy a prestigiosos cientí­ficos a una especie de nuevo platonismo. Ellos descubren en el mundo la realización de ideas racionales que el hombre reconstruye de modo creativo en sus leyes naturales. Justamente la naturaleza conocida a la luz de las ciencias naturales hace posible la hipótesis de Dios. Y esto, bajo figuras muy diversas: panenteísmo (A. Einstein), hipótesis de un Dios personal (W. Heisenberg), theologia negativa al estilo neoplatónico (C. F. v. Weizsácker). Al margen de la concepción concreta de las relaciones entre Dios y mundo, estas posiciones coinciden en que sólo Dios puede fundamentar la inteligencia científica de la realidad.” 
  
   W. Kasper, El Dios de Jesucristo, Salamanca, 1985; p.127.


   “Si, por naturaleza, somos seres de encuentro y vivimos como personas, nos desarrollamos y perfeccionamos creando toda suerte de encuentros, no es extraño que todas las áreas de conocimiento subrayen la importancia de la categoría de relación.
   1. Las Matemáticas tienen como meta primordial la creación de estructuras, y toda estructura implica la ordenación de diversos elementos. Esta forma de orden, configurado por la mente huma­na, presenta una afinidad enigmática con el orden o interrelación que rige en el universo entero y puede expresarse en fórmulas matemáticas. Los grandes pioneros de la ciencia, Kepler por ejem­plo, se extenuaron buscando las fórmulas que permiten pensar racionalmente la constitución íntima del universo por la convic­ción de que éste se halla ordenado, y toda nuestra tarea investiga­dora consiste en descubrir ese orden. De ahí que eminentes físicos actuales –Max Planck y Werner Heisenberg entre otros– no tuvie­ran reparo en afirmar que no es posible hacer ciencia sin el respal­do último de la creencia en un supremo ordenador del cosmos”. 

   Alfonso López Quintás, “El carácter relacional de la actividad humana” en: AA. VV., Trinidad y creación, Salamanca, 2003; p.79)




[1] Para nosotros el movimiento es fundamentalmente el desplazamiento de una cosa en el espacio. Pero en el lenguaje de la metafísica “movimiento” es toda modificación de un objeto o cosa; por ello el término actual más próximo a esta comprensión del movimiento es el término cambio. Aristóteles define el movimiento como el paso de la potencia al acto, y, de un modo más técnico “el acto de lo que está en potencia, en tanto que está en potencia”.
[2] Podría pensarse que esta “Locomotora Universal” que da principio a todos los movimientos, no tiene por qué ser concebida como un ser personal. Sin embargo, si comprendemos que el pensamiento y el amor también son movimientos, entendemos que también estos movimientos tienen que ser iniciados por Dios, quien entonces sería, indudablemente, un ser personal con pensamiento y amor.
[3] Y esto nos lleva a las segunda y tercera “vía”.
[4] El principio de inercia dice que algo no se mueve, si primero no es impulsado por algo que ya está en movimiento: y recordemos lo que vimos en la primera “vía”.
[5] Y esto nos lleva a la quinta “vía”.

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