1.3. La
búsqueda de la razón. Los caminos de acceso a Dios: desde el mundo:
Las “cinco vías” de Santo Tomás, en parábolas.
Primera vía: por el movimiento: La parábola de “El tren”.
En un
tren en movimiento: ¿qué hace el penúltimo vagón con el último vagón? Pues le
transmite el movimiento que él, a su vez, ha recibido del antepenúltimo, y éste
del anterior... Cada vagón transmite al siguiente el movimiento que ha recibido
del vagón anterior.
La
suma de vagones no genera movimiento. El movimiento procede de la locomotora,
que está al principio del tren y es muy distinta a los vagones. La locomotora
genera movimiento y lo transmite a los demás, sin haber recibido su movimiento
de otro.
Y no
es necesario ver la locomotora para saber que está ahí. Pues, supongamos que
llegamos a unas vías cuando ya está pasando un largo tren carguero. El tren
tiene cuarenta vagones, y nosotros llegamos cuando ya estaba pasando el
vigésimo vagón. No hemos visto la locomotora, pero sabemos que está ahí delante
porque el tren se mueve.
Explicación de la parábola.
La
primera vía que expone Santo Tomás para mostrar que Dios existe, es la vía del
movimiento. Ciertamente, Santo Tomás habla de la realidad del movimiento en un
sentido más rico que el mero movimiento local, que yo uso en la parábola. Pero,
igualmente, la sencillez de la parábola sirve para ilustrar su doctrina.[1]
Cada
ser que nosotros vemos que se mueve, es como un vagón del tren. Pues cada ser
que vemos ha recibido su movimiento de otro ser. Y, a su vez, este otro ser, lo
ha recibido de otro... y así
sucesivamente.
Una
cadena ilimitada de seres transmisores no genera el movimiento, del mismo modo
que una hilera innumerable de vagones no se mueve por sí misma. Hace falta la
locomotora. Pues bien, Dios es algo así como “La Locomotora Universal” Quien,
sin recibir nada de ningún ser anterior, genera el movimiento de todos los
demás seres. [2]
Y
modo semejante a como la locomotora está al principio de la serie y es muy
distinta a los vagones, así Dios es anterior y distinto a los seres que mueve.
Finalmente,
así como no necesitamos ver directamente la locomotora para saber que está
allí, pues nos basta con ver que los vagones están trasmitiendo movimiento; de
modo semejante, tampoco es necesario ver directamente a Dios para saber que
está al principio de todo el movimiento: nos basta con ver que hay seres que se
mueven unos a otros, y que ninguno de ellos es generador de movimiento, sino
que solamente son meros transmisores.
Segunda vía:
por la causalidad eficiente: La parábola de “El huevo o la gallina”
Explicación de
la parábola.
La
argumentación de la “segunda vía” tiene la misma estructura que la de la
“primera vía”, pero cala más hondo. Pues en la “primera vía” se considera el
fenómeno del movimiento, mientras que en la “segunda vía” se llega a las causas
del ser.
Por
eso uso el ejemplo del huevo y la gallina, pues en este ejemplo se apunta a la
causa del ser: ¿la gallina causa el huevo, o el huevo causa la gallina?
Pero este dilema no tiene solución porque
está mal planteado, pues contiene un verbo implícito. Al explicitarlo
descubrimos la deficiencia del planteo, pues se trata del verbo “crear”. El
dilema diría entonces: “¿la gallina crea el huevo, o el huevo crea la gallina?”
Pero es obvio que los seres vivos no creamos la vida: sólo la
transmitimos.
Y con esto volvemos al ejemplo del tren,
pero de un modo más contundente. Pues ahora no se trata solamente de
transmisión del movimiento, sino de transmisión de la vida y del ser.
Y, del mismo modo que en el razonamiento
anterior la cadena de transmisores del movimiento no explicaba el movimiento,
sino que era necesario reconocer la existencia de “La Locomotora Universal”;
así también ahora, la cadena de transmisores de la vida y del ser, no explica
la vida y el ser, sino que tenemos que reconocer “La Causa Eficiente
Universal”: Alguien que es “La Vida” y “El Ser” y que causa la vida y la
existencia de los demás seres, sin haber recibido nada. Y este Ser es Dios.
Tercera vía: el ser contingente y el ser necesario: La parábola de “El primer minuto de la
creación”.
Supongamos
que estamos en el primer minuto de la creación, y estamos viendo desplegarse la
grandeza del universo, con todo su esplendor y majestuosidad.
Y
podemos preguntarnos: ¿qué había sesenta y dos segundos antes? Si no había
absolutamente nada, ahora tampoco habría nada, pues “de la nada, nada sale”.
Es
obvio entonces que había Algo, y que este Algo dio origen a todo lo
demás.
Explicación de la parábola.
Todos
los seres que observamos son seres contingentes, es decir, seres que existen
pero podrían no existir. Incluso nosotros mismos podríamos no existir.
Todos nosotros somos seres sin fundamento propio.
Y si
todo lo que vemos es contingente, entonces todo esto que vemos alguna
vez no existió.
Y como “de la nada, no sale nada”, es
necesario que haya Algo con fundamento propio, que haya dado origen a todo esto
que vemos.
De
este modo descubrimos que hay un Ser que es “La Existencia Misma” y que, por
eso, tiene en sí mismo su propio fundamento. Y por eso se lo llama “El Ser
Necesario” es decir, que existe y no puede no existir.
Este “Ser Necesario” es, también, “El
Fundamento Universal” de todos los demás seres.
Y este Ser es Dios.
Cuarta vía: los grados de perfección en los seres: La parábola de “El agua caliente”.
El
agua puede estar más caliente, o menos caliente. Pero no puede estar más húmeda
o menos húmeda.
Esto
es así, porque “ser húmeda” es la esencia misma del agua; mientras que
el calor no le es algo propio, sino algo recibido de otro –en este caso–
del fuego.
Por
eso, el agua siempre tiene el 100 % de humedad, pero puede tener muy diversos
grados de temperatura.
Explicación de la parábola.
En
esta “cuarta vía” se utiliza el principio que está implicado en el ejemplo
anterior: lo que un ser tiene en un cierto grado, lo tiene recibido
de otro.
Y
sucede que todos los seres que vemos –incluidos nosotros mismos– tenemos todas
nuestras cualidades en un cierto grado, y no en plenitud. Por tanto, las
tenemos recibidas de Otro que las tiene en plenitud o, mejor dicho, es “La
Plenitud”: es “El Ser” que nos da la existencia; es “La Verdad” que nos da
nuestra esencia; es “El Amor” que nos hace valiosos y amables...
Por
eso decimos que Dios es la plenitud infinita y simultánea de todas las
cualidades, de las que participamos sus creaturas.
Quinta vía: el orden del mundo: Las parábolas de “El crucigrama”y de “El programador”.
1. Si
yo salgo de mi casa dejando sin resolver el crucigrama que trae el diario y,
cuando regreso, el crucigrama está resuelto, es porque alguien lo resolvió.
Incluso
puedo deducir quién pudo hacerlo. El perro no fue. Mi hijo Tomás tampoco, pues
tiene sólo un año y algunos meses. Así que debió ser mi esposa quien resolvió
el crucigrama.
2.
Las abejas construyen sus panales con celdas hexagonales. Y los especialistas
en ingeniería nos explican que esa estructura es la más sólida, económica y
provechosa. Pero esto es todo lo que saben hacer al respecto; y siempre
lo hacen igual.
Todo
lo cual nos manifiesta que actúan así, no por creatividad o inventiva propia,
sino porque están “programadas” para actuar de esa manera. Y donde hay un
programa, hay un programador...
Lo
mismo podemos decir de las acciones de otros animales. Las aves migratorias no
realizan un debate sobre “dónde ir a veranear este año”: simplemente, en un
momento dado, se elevan y migran hacia el lugar de siempre.
Y podríamos multiplicar los ejemplos: las
arañas no realizan exposiciones con sus nuevos tejidos, ni los diversos pájaros
con sus nuevos estilos para la construcción de sus nidos... Todos estos seres
que realizan cosas inteligentes no manifiestan tener creatividad propia, sino
que actúan como si estuvieran programados para actuar así. Y, decimos
nuevamente: donde hay un programa, hay un programador.
Y ¿quién puede influir tan profundo en la
intimidad de todos estos seres para programarlos así?
Explicación de las parábolas.
Las
dos parábolas precedentes ponen en evidencia que: “donde hay orden, hay un
ordenador”.
El
ejemplo del crucigrama manifiesta, además, otro principio: “cuanto más
delicado, profundo y extenso es el orden, más inteligente y eficaz es el
ordenador”. Para resolver un crucigrama hay ciertos requisitos mínimos de
inteligencia y capacidad. Del mismo modo, un niño pequeño puede apilar sus
cubos, pero no puede edificar una catedral: para esto necesito un buen
arquitecto.
En el
ejemplo de las abejas y los otros animales se pone en evidencia que hay seres
sin creatividad propia que hacen, sistemáticamente, cosas creativas e
inteligentes. Y hacen siempre las mismas cosas y sólo ésas. Lo cual manifiesta
que están –usando el lenguaje de las computadoras– algo así como “programados”
para ejecutar esas acciones. Y, como decíamos en el ejemplo, “donde hay un
programa, hay un programador”.
La
grandeza de ese programador puede vislumbrarse si uno considera que es quien
puso el instinto en los animales, dio la estructura y el dinamismo a los
átomos, impulsa el desarrollo de la vida y compone la armonía del universo.
Si un simple crucigrama bien resuelto lo
atribuimos a una inteligencia superior ¿no es excesivo atribuir el asombroso
equilibrio dinámico de un átomo a la pura casualidad? ¿No es poco razonable adjudicar
la maravillosa armonía de un organismo viviente al puro azar? Parece más
razonable suponer que hay un gran “Programador Universal” que genera la armonía
de cada ser, y la concordia del conjunto de los seres.
Si
contemplamos con imparcialidad la sabiduría y la grandeza que manifiesta la
creación, y reflexionamos con profundidad sobre todo esto, descubriremos que
hay –como causa de todo ello– una Sabiduría Bondadosa y Omnipotente a la que
muchos llamamos Dios.
Las pruebas
sobre la existencia de Dios han “conducido hoy a prestigiosos científicos a
una especie de nuevo platonismo. Ellos descubren en el mundo la realización de
ideas racionales que el hombre reconstruye de modo creativo en sus leyes
naturales. Justamente la naturaleza conocida a la luz de las ciencias naturales
hace posible la hipótesis de Dios. Y esto, bajo figuras muy diversas:
panenteísmo (A. Einstein), hipótesis de un Dios personal (W. Heisenberg), theologia negativa al estilo
neoplatónico (C. F. v. Weizsácker). Al margen de la concepción concreta de las
relaciones entre Dios y mundo, estas posiciones coinciden en que sólo Dios puede fundamentar la inteligencia
científica de la realidad.”
W. Kasper, El Dios
de Jesucristo, Salamanca, 1985; p.127.
“Si, por naturaleza, somos seres de
encuentro y vivimos como personas, nos
desarrollamos y perfeccionamos creando toda suerte de encuentros, no es
extraño que todas las áreas de conocimiento subrayen
la importancia de la categoría de relación.
1. Las Matemáticas tienen como meta
primordial la creación de estructuras, y toda
estructura implica la ordenación de diversos elementos. Esta forma
de orden, configurado por la mente humana, presenta una afinidad
enigmática con el orden o interrelación que
rige en el universo entero y puede expresarse en fórmulas matemáticas. Los grandes pioneros de la ciencia,
Kepler por ejemplo, se extenuaron buscando las fórmulas que permiten
pensar racionalmente la constitución íntima
del universo por la convicción de
que éste se halla ordenado, y toda nuestra tarea investigadora consiste en
descubrir ese orden. De ahí que eminentes físicos actuales –Max Planck y
Werner Heisenberg entre otros– no tuvieran
reparo en afirmar que no es posible hacer ciencia sin el respaldo último de la creencia en un supremo ordenador
del cosmos”.
Alfonso López Quintás,
“El carácter relacional de la actividad humana” en: AA. VV., Trinidad y
creación, Salamanca, 2003; p.79)
[1] Para nosotros el movimiento es fundamentalmente el desplazamiento
de una cosa en el espacio. Pero en el lenguaje de la metafísica “movimiento” es
toda modificación de un objeto o cosa; por ello el término actual más
próximo a esta comprensión del movimiento es el término cambio.
Aristóteles define el movimiento como el paso de la potencia al acto, y,
de un modo más técnico “el acto de lo que está en potencia, en tanto que está
en potencia”.
[2] Podría pensarse que esta “Locomotora Universal” que da principio
a todos los movimientos, no tiene por qué ser concebida como un ser personal.
Sin embargo, si comprendemos que el pensamiento y el amor también son
movimientos, entendemos que también estos movimientos tienen que ser
iniciados por Dios, quien entonces sería, indudablemente, un ser personal
con pensamiento y amor.
[3] Y esto nos lleva a las segunda y tercera “vía”.
[4] El principio de inercia dice que algo no
se mueve, si primero no es impulsado por algo que ya está en movimiento: y
recordemos lo que vimos en la primera “vía”.
[5] Y esto nos lleva a la quinta “vía”.
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